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Crisis política
Tras la victoria de Morales
El Presidente boliviano debe usar su gran triunfo electoral de forma constructiva

La democracia y la estabilidad son la mejor vía para la real inclusión social


Editorial de La Nación.com de Costa Rica

Los datos oficiales todavía no han sido divulgados, pero todo indica que el presidente Evo Morales y su Movimiento al Socialismo (MAS) han obtenido una resonante victoria en las elecciones celebradas en Bolivia el pasado domingo.

Las estimaciones más serias coinciden en atribuirle más del 60% de los votos presidenciales, y es muy probable que su partido obtenga una mayoría de dos tercios en la nueva Asamblea Legislativa Plurinacional, compuesta por la Cámara de Diputados, con 130 escaños, y el Senado, con 36. De confirmarse esta posibilidad, tendría total carta blanca para legislar.

Su gran éxito se asentó en las zonas mayoritariamente indígenas, que representan más de la mitad de los 10 millones de habitantes bolivianos. En La Paz, su capital, por ejemplo, parece haber alcanzado el 80% de los sufragios. Pero incluso en el departamento de Santa Cruz, tradicional bastión opositor, se acercó a un virtual empate. Quienes lo adversaban se dividieron entre el ex capitán Manfred Reyes Villa, con alrededor del 24%, y el empresario Samuel Doria Medina, con poco más del 10%.
Es decir, Morales ha obtenido un claro mandato y una fuerza política inédita en la historia reciente de Bolivia, para gobernar durante los próximos cinco años, al amparo de la nueva Constitución ratificada mediante referendo en enero. La gran pregunta es qué hará con ese gran poder.

Frente a él tiene dos opciones básicas. Una es utilizar su sólida posición para desarrollar un gobierno conciliador e incluyente, respetuoso de la institucionalidad democrática y promotor del desarrollo económico con estabilidad. Esta sería la mejor estrategia para promover mayor equidad, mejorar, de manera sostenible, las condiciones de vida de la población, impulsar los derechos de los indígenas, generar oportunidades de movilidad social y étnica, reducir los altos niveles de corrupción y fortalecer la unidad de Bolivia como nación. La otra posibilidad sería embriagarse con la masiva cosecha de votos, optar por un gobierno de choque, mantener una retórica y acción conflictivas, manipular las bases democráticas de la Constitución y perpetuarse en el poder.
En este momento, como ha ocurrido en otras oportunidades desde que llegó al poder, en el 2006, las señales y retórica son contradictorias.

Por una parte, el ministro de la Presidencia, Juan Ramón Quintana, afirmó que “los dos tercios (en la Asamblea) no significan, como antes, aplanadora (…) el ejercicio tiránico de la Administración Pública”, sino “responsabilidad sobre cómo lograr acuerdos institucionales con los distintos sectores para que esos dos tercios adquieran legitimidad y fortalezcan la democracia”. Pero esta voluntad la puso en entredicho el presidente Morales, al sugerir la posibilidad de buscar la reelección al final de su nuevo período, en el 2015, en contra de lo acordado con la oposición y establecido por la Ley Electoral a principios de año. Esto, por supuesto, ha generado una ola de incertidumbre.

Durante la mayor parte del actual gobierno, Morales topó con la suerte de un fuerte incremento en los precios internacionales de los hidrocarburos, minerales y otros productos de exportación bolivianos. Esto permitió grandes –y necesarias– transferencias a sectores vulnerables de la población, una de las principales razones de su popularidad. Sin embargo, los ingresos ya han comenzado a bajar. La única forma de sostenerlos, y de arraigar una política social responsable, es generando riqueza mediante inversiones y productividad, lo cual sólo será posible con estabilidad y apego al Estado de Derecho.

La apuesta a un gobierno sensato, por tanto, no se justifica sólo por una elemental lealtad hacia la democracia, sino, también, por un sentido de realidad. La esperanza es que Morales y el MAS lo entiendan y actúen en consecuencia. Sería la mejor retribución a la confianza depositada en ellos. Lo contrario implicaría, en el mejor de los casos, un desperdicio; en el peor, una apuesta definitiva hacia el autoritarismo destructivo.

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