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La falta de un partido de oposición
Juan Ramón Martínez
Sería el último de los hondureños en oponernos a que en el país funcione un gobierno de integración nacional. Al hacerlo incurriríamos en la intolerancia, que es abiertamente contradictoria con el modelo democrático, al tiempo que declaradamente inconstitucional. Sin embargo, sabemos que la integración tiene sus límites —que al transgredirlos deja de ser integración para convertirse en una “mezcla”, porque ya no se sabe hasta dónde llega un elemento y dónde comienza el otro —y que, como en los cuentos del judío en el momento de su muerte, se preocupa en saber dónde están sus hijos, porque quiere saber al final de cuentas, quién tiene abierta y funcionando la tienda, negocio de donde se sostiene la familia que deja sobre la tierra. Porque similar a la historia que contamos, si todos los partidos están en el gobierno, quién ejercerá las importantes funciones de la oposición democrática que además de fundamental, es condición sine básica para el ejercicio pleno y normal del sistema.

En efecto, un gobierno democrático no sólo lo es por la voluntad del titular del Ejecutivo. Como en lo que nos acaba de ocurrir no más allá del año pasado, el gobernante no quería la democracia, pero la oposición lo hizo entrar en razón, primero por medio de la palabra. Y al encontrar su resistencia y su racionalidad, echando mano de la fuerza que da la ley, para cesarlo como ordena la Constitución, en el cumplimiento del principio que nadie está en contra de la ley. Y que no se puede gobernar en contra de la voluntad de las mayorías. Si no hubiéramos tenido tal oposición, aquí se habría instaurado la dictadura que Zelaya —que en sus visiones trastocadas le han llevado a creer que ese es el camino que tiene que transitar Honduras para lograr su desarrollo, cuando los ejemplos de Venezuela y Cuba demuestran lo contrario— quería instaurar, negándonos la libertad y los derechos de participación ciudadana debida a todos los que no pensamos como él.

El gobierno de Lobo Sosa puede incurrir en los mismos males y debilidades en que cayó Zelaya y sus dispersos patricios. El se precipitó en la intolerancia porque no se le hizo la oposición debida. Si la oposición hubiese funcionado mejor y él hubiese contado con los recursos mentales de la estabilidad y la coherencia, habría rectificado a tiempo, porque ningún gobernante está autorizado, en Honduras, por lo menos, a hacer ninguna cosa que entre en conflicto con la voluntad y los deseos de las mayorías.

En consecuencia, tenemos la obligación de reclamar la existencia y la operación de la oposición como algo necesario para la recuperación democrática, para resanar las heridas que nos dejó la violencia verbal y el desacuerdo sobre los actos jurídicos del 28 de junio y para evitar que se vuelva a producir una circunstancia en que la voluntad del gobernar se coloque por encima de la voluntad popular. Lobo, con el control total del Congreso, dirigido por uno de sus incondicionales; y teniendo comiendo en su mano a los lideres de los demás partidos, está en mejores condiciones relativas que Zelaya para llevarnos a una Constituyente y transformar a Honduras en una sociedad no democrática, sometida al liderazgo de Chávez Frías y los hermanos Castro Ruz. Creer que Lobo es un demócrata, y que, por ello, no instaurará una dictadura populista, es caer en el angelismo. El poder tiene sus encantos y una autonomía que, entre otras cosas, cambia y transforma a los hombres, incluso a los mejores. Que, sabiéndose fuertes, superiores y sin oposición al frente, terminan por caer en brazos de sus egoísmos más elementales. Zelaya era un hombre bueno que lo corrompió el poder imaginario. A Lobo lo puede tentar el poder real que es todo suyo. Así de simple son las cosas. No hay que engañarse, ni portarse como niños inocentes.

Como no queremos tener otro 28 de junio en el futuro, que desgasta y debilita, al tiempo que retrasa al país, necesitamos proveerle al sistema político la operación de una oposición que, por la naturaleza de las cosas, le corresponde al Partido Liberal. Pero como forma parte del gobierno, lo correcto es darnos cuenta que se ha creado un vacío —que puede ampliarse en el futuro— y alguien debe llenarlo, cumpliendo la función de fuerza opositora. Villeda Morales decía que sin oposición, había que crearla. Ahora esta afirmación es cierta y de gran valor para seguir un curso de acción que fortalezca al país. Porque este vacío lo ocuparán otros. Los más antidemocráticos; o los militares en el caso que los civiles no controlemos las cosas. Ya ocurrió con López Arellano en el gobierno de Unidad Política de Ramón Ernesto Cruz.

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Alberto  - Tecnico   |Y-m-d H:i:s
Sr. Martinez lo unico que no me quedo claro que usted habla de la mayoria no esp
ecifica, si la mayoria de los ricos que viven en la opulencia o de la mayoria de
los pobres que viven en la miseria.

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