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| Héctor A. MartÃnez (Sociólogo) |
| Cuando Lenin expresaba que “Sólo la revolución proletaria socialista puede sacar a la humanidad del atolladero”, estaba ratificando las teorÃas de Marx y Engels planteadas en “El Capital”, sobre el tema de los obreros.
Marx y Engels sostenÃan con vehemencia –tema central de su teorÃa– que los factores y los medios de producción serÃan siempre, los mismos obreros. Es como cuando decimos hoy en dÃa de manera cÃnica: “El recurso humano es lo más importante para nosotros”, lema gastado que adorna las salas de recepción de la mayorÃa de nuestras empresas.
Esto no tiene nada de escatológico ni de subversivo, pero es hora de poner las cartas sobre la mesa: Marx sentenciaba que “Al llegar a una determinada fase del desarrollo, las fuerzas productivas chocarÃan con las condiciones de producción existentes”. Y no se trataba de ningún vaticinio tipo catástrofe 2012: Marx apenas describÃa el conflicto inexorable entre obreros y el sistema, toda vez que las condiciones laborales fuesen incompatibles con la calidad de vida de la clase trabajadora e impidieran su desarrollo. Pero: ¿Qué tan irreductible es esta inexorabilidad conflictiva? ¿Acaso la democracia no puede resolverla?
Parados a la orilla del despeñadero debemos preguntarnos. ¿Qué hemos hecho mal ante la creciente y logarÃtmica depauperación de la población? y ¿por qué nuestros trabajadores no exhiben sino un nivel de vida que les impide su crecimiento como individuos, como familias y como civilización en general? No hay duda que Latinoamérica no ha superado esa fase social que caracterizó el paisaje polÃtico y económico que inspirara y denunciara PÃo Baroja en “La ciudad de la niebla” escenario de “lumpen” y de burgueses insensibles. Las ideologÃas han vuelto por sus fueros, impregnadas de una verdad incuestionable que se encuentra entre dos paredes envolventes: la intransigencia de una clase empresarial y una disfrazada –y no menos impertinente– buena parte de la estructura sindical que ha hecho de la corrupción su “modus operandi”.
Las contradicciones sociales por las que se pronunciaron Marx y Engels siguen teniendo vigencia. Más que el desempleo, las circunstancias de miles de trabajadores en las empresas hondureñas no son del todo aceptables: salarios que no corresponden a la realidad; acceso a una seguridad social totalmente ineficiente –hora de transformar ese monstruo llamado IHSS– y una negativa del 99% de las empresas a transmitir tecnologÃas y conocimientos a sus “colaboradores”.
Generar riqueza ya no debe convertirse por antonomasia en una racionalidad antagónica que por aquello de las bienaventuranzas cristianas no se le encuentra una salida. Karl Popper, uno de los padres del liberalismo moderno, enfatizaba en que nuestra vida polÃtica debe ser depurada del fenómeno –muy latino– del antiigualitarismo pues no basta con decir que nuestras instituciones deben ser justas y equitativas cuando en la práctica son todo lo contrario. Es que los poderes –económicos, polÃticos, sindicales, etc.– en una democracia que se jacta de ser tal, deben irse depurando de esa imagen de minorÃas todopoderosas, privilegiadas y omniscientes frente a los gobernados obedientes y eternamente tolerantes a las leyes y caprichos que esa minorÃa les dicta.
De modo que si existe una simbiosis entre las cúpulas sindicales, el Estado y los empresarios, es hora de disolver esa relación cuasi parasitaria, en pos de la clase trabajadora que, bien la conozco yo, es muy susceptible a las exaltaciones cuando los inversionistas se vuelven ciegos ante la realidad o cuando los lÃderes sindicales les prometen “el cielo y la tierra”. Un cambio, estructural o mental, en la dirigencia sindical, es ya una necesidad histórica. Y, si como decÃa la desaparecida dirigente comunista española Dolores Ibárruri que “la revolución es el motor de la historia”, a lo mejor ha llegado la hora de echar a andar ese motor en Honduras, entre empresarios y lÃderes obreros: ¿Quién nos dice y nos obliga a lo contrario?
El quid de esa trifulca salarial que nos enfrenta cada año, ¿a lo mejor no deberá irse por el camino de ponerse de acuerdo para generar riqueza, incrementar la productividad y que, en la ganancia, todos participen al final del año fiscal? Si no, ¿qué sentido tiene destruir la propiedad privada, la fuente del ingreso que medio mantiene a miles de familias? Pero también ¿qué sentido tiene acumular sin compartir racionalmente –no racionadamente– las responsabilidades sociales que el Estado no puede ni debe asumir y verse cada año como los malos de la pelÃcula? Piénsenlo.
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