Lunes, 21 Abr de 2014
Viernes, 25 Enero 2013 22:57

La dictadura democrática

Héctor A. Martínez (Sociólogo)
 
La dictadura democrática es un fenómeno reincidente en América Latina. Consiste nada más y nada menos en que los gobernantes -de izquierdas y de derechas- una vez  instalados en la silla presidencial de una nación, aprovechándose de las aplanadoras legislativas y del control absoluto de las Cortes Supremas, se perpetúan en el poder de manera legal, bajo el subterfugio de lo que ellos denominan “La voluntad popular”.

Se les puede reconocer desde que andan en campaña. Las candidatos presidenciales (De nuevo: de izquierdas y de derechas en su variopinta presentación), hacen derroche de esas formas populistas, autoritarias y hasta redentoras que se representan exactamente bajo una ecuación universal que incluye: un irrespeto por los poderes del Estado; un lenguaje desafiante contra la empresa privada y el mercado en general; una sensiblería barata de redención hacia los más pobres; un discurso de “apertura popular” y de inclusión por las minorías; una satanización contra la tradición política (Siendo parte de ella) y una alusión personal de nuestro caudillo “democrático” que se presenta como la única alternativa de salvación de los pueblos “oprimidos por las oligarquías”.

El caudillo demócrata, cree a pie juntillas en el carisma que le han endilgado sus seguidores más cercanos, a la que se junta, además de una muy buena estrategia de “marketing” político, las promesas presuntuosas -que nunca se cumplirán-, y hasta ciertas virtudes inexistentes en el mesías redentor que lo elevan por encima de las potencias de los santos bienhechores de la cristiandad.

Los problemas comienzan cuando nuestros líderes populistas, amparados en la mal llamada “voluntad de las mayorías” llegan a creer que su presencia es fundamental para la salvación de la sociedad, por lo que deciden quedarse en el poder por una buena temporada. Para quedarse en el poder se requieren dos cosas: comprar las voluntades individuales de los miembros de la oposición -y de los líderes de las organizaciones populares-; y tener a los otros poderes del Estado en compadrazgo permanente. Una vez alcanzados estos objetivos, se instala la dictadura democrática. Ya hemos asistido a esas macabras experiencias de reciclaje político donde el caudillo o el partido son los protagonistas de la perennidad autoritaria. Fidel Castro es el icono de la perpetuidad redentora y su remedo más cercano, Hugo Chávez, ha resultado ser el pupilo más aventajado. En México, el PRI con más de setenta años en el poder, puede dar fe de lo anterior.

Junto a las promesas de campaña en donde se resalta la crisis tremenda en la que ha caído la sociedad, el “líder” populista se identifica plenamente con las mayorías a las que promete una nueva era en donde predominará la justicia y la igualdad. Bajo esas circunstancias, la población que vive en carne propia la crueldad de la exclusión, no le queda más remedio que inclinarse en las urnas por las promesas de ese “nuevo y promisorio amanecer”.

El dirigente populista, el dictador en cierne, sabe cómo jugar con la amargura del pobre. Alude a las causas del mal, a que los políticos tradicionales se han dedicado a otras cosas menos a favorecer a las mayorías, que es, según nuestro líder mesiánico, la preocupación central que le impide conciliar el sueño. Y el desencanto, desde luego, es el promotor número uno de la ira y el miedo.

Una vez instalado en el poder, cuando nuestro “patriota” ha sido elegido democráticamente, la tentación por eternizar en la silla presidencial no tarda en llegar.  Comienza a socavar las instituciones democráticas mediante las cuales fue elegido, concentra todos los poderes en su persona, censura a los medios de comunicación y reprime a la oposición que le impide imponer su autoritarismo. Todo ello en nombre del pueblo y de las mayorías sufrientes. De nuevo se lanza en las elecciones “por mandato supremo de la voluntad popular”, hasta afincarse en el poder por unas cuantas décadas más. Es entonces cuando la democracia deja ser tal y se convierte en una dictadura, democrática, sí, pero dictadura al fin y al cabo.