Muchos de los que nos observan desde afuera —interesados en la crisis polÃtica de Honduras y la forma en que ésta deriva hacia una nueva modalidad de militarismo, con su doctrina de la seguridad nacional y la reafirmación del terrorismo de Estado— consideran que, en sÃntesis, nuestro gran problema como nación es que carecemos de cultura democrática.
           Esa percepción, sin embargo, es errónea, y una de las principales revelaciones de la crisis polÃtica es que el pueblo hondureño posee un enorme sentido del valor de la democracia, a tal grado que llega hasta el sacrificio en la búsqueda de un régimen polÃtico que efectivamente haga valer su participación en la toma de las decisiones nacionales y en el disfrute de los beneficios económicos y sociales del trabajo colectivo.
            El hecho de que la gran mayorÃa del pueblo hondureño —el 70% para indicar una cifra muy aproximada— haya repudiado abiertamente el golpe de Estado militar del 28 de junio, creando, en consecuencia, un masivo frente de resistencia nacional que se enfrentó en las calles a la embestida militar y policial —caracterizada con episodios de violencia y de muerte— durante los siete meses del régimen de facto, es quizá la demostración más palmaria de esa convicción democrática.
            De igual manera, en el campo polÃtico-electoral, la decisión de la casi totalidad de la militancia liberal y de buena parte de la militancia nacionalista, lo mismo que de la masa neutra de nuestra población, de abstenerse de acudir a las elecciones generales el 29 de noviembre/09 en un régimen de facto, con el presidente de la República confinado, es otra enorme prueba de la conciencia democrática del pueblo hondureño, y muy particularmente de los liberales que prácticamente resignaron a su partido antes que traicionar su tradición democrática, anti-militarista y anti-dictatorial.
             En Honduras, es obvio, no hay en la actualidad democracia ni siquiera en términos formales. La ficción de la democracia representativa es hoy dÃa una mascarada para ocultar el renacimiento del militarismo en el control, la elaboración y la aplicación de las polÃticas de Estado. La participación popular, esencia de la democracia, está bajo persecución, con aniquilamiento de su novel liderazgo, y todas las polÃticas de Estado refuerzan el autoritarismo, el elitismo y la autocracia.
             El gran problema en Honduras es que su “clase” polÃtica, la élite del poder, es la que carece de cultura democrática, pues se considera dueña del paÃs y no reconoce al pueblo como poder supremo, como soberano del Estado. Por el contrario, mira a la base popular con recelo, con desconfianza y con miedo, como un enemigo al que debe impedÃrsele el máximo derecho democrático, que es la autodeterminación. El pueblo no está preparado para la independencia, dicen desde tiempo inmemorial.
             Esa es, exactamente, la razón última del golpe de Estado del 28 de junio y del recrudecimiento del Estado de terror. La reconciliación nacional, en estos términos, es de cúpula, y su propósito básico es reciclar a la dirigencia polÃtica que se “quemó” con el golpe de Estado, pero que no tiene relevo por ser obsoleta y anti-histórica, pero que sigue entregada al cumplimiento de su rol de obediencia y sumisión a los controles hegemónicos.
             Los intentos que se hacen, por ejemplo, dentro del Partido Liberal para “unirlo” no es otra cosa que una operación de reciclaje, por cierto condenada al fracaso. Las maniobras, en el cÃrculo del poder, para fabricar una verdad sobre el golpe de Estado y sus consecuencias es, asimismo, otra operación de reciclaje polÃtico. Una evidencia, claro está, de la ausencia de cultura democrática y de desprecio por la democracia en la cúpula dirigente, usufructuaria absoluta del poder público.
             De ahà la frase trillada, pero no por ello inexacta, de que sólo el pueblo salva al pueblo.
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